Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaban, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada. Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río. El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como ...
Me pareció un texto muy potente porque cuestiona la idea tradicional de liderazgo y propone que quienes gobiernen comprendan realmente las dificultades de la gente. Invita a pensar en la empatía y en la importancia de que las experiencias diversas sean representadas en el poder.
ResponderEliminarEste poema me impacta porque rompe completamente con la imagen tradicional del poder. “I want a president” no habla de títulos, experiencia política o discursos perfectos, sino de humanidad, de heridas, de contradicciones y de vivencias reales. Me parece fuerte que plantee que quien gobierne debería haber sentido el dolor, la exclusión, la pérdida o la discriminación, porque eso cambia la manera en que se toman decisiones.
ResponderEliminarLo que más me llama la atención es cómo cuestiona la idea del presidente como una figura lejana, casi intocable. Aquí se propone lo contrario: alguien que haya hecho fila en el hospital, que haya pasado dificultades económicas, que haya sido juzgado o marginado. Es como si el texto dijera que el poder debería estar en manos de quien entiende desde adentro lo que significa sobrevivir en un sistema desigual.
También me parece provocador y político, porque no busca ser neutral. Tiene una intención clara: incomodar y replantear qué tipo de liderazgo consideramos “apto”. No se trata solo de identidad, sino de experiencia y empatía. Al final, el poema deja una crítica fuerte: muchas veces quienes gobiernan han estado siempre en una posición de privilegio, lejos de las realidades más duras.
En lo personal, lo leo como una invitación a pensar que gobernar no debería ser cuestión de imagen o estatus, sino de conciencia social y sensibilidad real frente al dolor colectivo.
ResponderEliminarEl texto “I want a president” de Zoe Leonard es una crítica profunda al modelo tradicional de poder político. La autora no pide un presidente perfecto ni idealizado, sino una persona que haya vivido el dolor, la exclusión, la enfermedad, la pobreza y la discriminación. A través de un lenguaje directo y repetitivo, el poema cuestiona la distancia entre quienes gobiernan y la realidad de la mayoría de la sociedad.
Leonard plantea que solo alguien que haya sufrido verdaderamente puede gobernar con empatía y responsabilidad. El texto denuncia cómo el poder suele estar en manos de personas privilegiadas, desconectadas del sufrimiento social, y propone una idea radical: que la experiencia humana, incluso la más dura, sea una cualidad política. En ese sentido, el poema no es solo una crítica, sino un llamado a repensar qué tipo de líderes necesitamos y qué valores deberían importar más que el estatus, el éxito o la “perfección”.
Esta obra es profundamente provocadora y poderosa. Más que una simple declaración, es un llamado a replantear la idea tradicional de liderazgo. Plantea la necesidad de un presidente humano, real, con experiencias de vida diversas, con errores, con dolor y con conciencia social. Me impacta cómo rompe con el molde del “candidato perfecto” y, en cambio, propone alguien que entienda desde adentro las luchas y desigualdades de la sociedad. Es un texto que incomoda, pero precisamente por eso invita a reflexionar.
ResponderEliminarEl poema me resulta poderoso porque rompe la idea tradicional del poder,no pide un presidente con títulos o imagen perfecta, sino alguien con heridas, contradicciones y experiencias reales. Plantea que quien gobierne debería haber sentido dolor, exclusión o discriminación, porque eso cambia la forma de decidir.
ResponderEliminarTambién cuestiona la figura lejana del líder y propone a alguien que conozca desde dentro las dificultades de un sistema desigual. Es un texto provocador que incomoda y replantea qué entendemos por liderazgo, defendiendo la empatía y la conciencia social por encima del privilegio.
El poema “I want a president” de Zoe Leonard no es solo un texto provocador: es una sacudida política y moral. Escrito en 1992, en plena crisis del VIH/SIDA en Estados Unidos, el texto rompe con la imagen tradicional del poder y cuestiona qué tipo de experiencias consideramos “dignas” para gobernar.
ResponderEliminarLeonard no pide un presidente perfecto; pide uno humano. Alguien que haya sido marginado, que haya sufrido, que haya sentido el peso de la exclusión social. Cuando escribe “I want a dyke for president” o “I want someone who has been in love and been hurt”, está desplazando el eje del poder: del privilegio a la experiencia vivida. La autora plantea que quienes han estado en los márgenes —personas LGBTQ+, mujeres, personas racializadas, trabajadores precarizados— pueden comprender mejor las injusticias estructurales porque las han atravesado en carne propia.
El texto también desmonta la figura clásica del presidente como hombre blanco, heterosexual, exitoso, económicamente estable y ajeno a la vulnerabilidad. Leonard ironiza sobre esa imagen cuando critica que el presidente suele ser “always a boss and never a worker”. La pregunta de fondo es contundente: ¿por qué normalizamos que quienes gobiernan no se parezcan a la mayoría?
Más que una consigna identitaria, el poema es una crítica radical a la idea de que el poder debe estar separado del dolor y la fragilidad. Leonard sugiere que la empatía no es debilidad política, sino una cualidad esencial para liderar. En tiempos donde la representación sigue siendo un debate central, “I want a president” permanece vigente porque nos obliga a revisar nuestras propias expectativas sobre el liderazgo.
Al final, el texto no solo habla de quién debería gobernar, sino de qué entendemos por legitimidad, experiencia y justicia. Y eso lo convierte en un manifiesto que todavía incomoda… y por eso mismo, sigue siendo necesario.
Un manifiesto incómodo y profundamente humano
ResponderEliminarLa imagen nos presenta un texto que, más que un simple poema, funciona como un manifiesto político y social. La voz que habla no está pidiendo un presidente tradicional, sino alguien que haya vivido en carne propia la marginalidad, la exclusión y el dolor. Desde la primera línea, el texto rompe con la idea clásica de liderazgo: no busca perfección ni una trayectoria impecable, sino experiencia real de lucha.
Lo más poderoso del texto es su acumulación. Cada frase suma una historia: desempleo, discriminación, enfermedad, pobreza, violencia, exclusión social. No se trata de una enumeración casual, sino de una crítica directa a los líderes desconectados de la realidad cotidiana. La autora plantea que quienes han vivido en los márgenes pueden gobernar con mayor empatía y conciencia social.
También es un texto profundamente político. Cuestiona el privilegio como requisito implícito para el poder y confronta la figura del presidente tradicional —
Esta realidad ha sido en parte romantizada por nosotros mismos. Nuestro concepto de lo bello y lo feo parece desplazado hacia lo superficial: tendemos a asociar la estética con la virtud. Así, imaginamos a los políticos como figuras armónicas, casi idealizadas, semejantes a los dioses descritos por los poetas antiguos: seres elevados, pulcros, casi intocables.
ResponderEliminarEn esa fascinación por la forma descuidamos el examen de la sustancia. Confundimos apariencia con bondad, presencia con rectitud, imagen con esencia. Y al hacerlo, renunciamos a la indagación crítica que permitiría discernir si quienes gobiernan poseen realmente las virtudes que aparentan.
Platón ya advertía en La República sobre el peligro de que la apariencia sustituya a la verdad.