Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaban, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada. Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río. El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como ...
Dayana Andrea Causil De Hoyos
ResponderEliminarEsta imagen me transmite una sensación muy profunda, como si el tiempo dejara de mandar y todo entrara en un estado más interno, los relojes derretidos me hacen pensar que el tiempo no es tan rígido como creemos, que en realidad se adapta a lo que sentimos, a nuestra conciencia, a nuestros procesos interiores, espiritualmente siento que habla de cómo el alma no vive con horarios ni con prisas sino en un ritmo propio, más lento y más verdadero, el paisaje vacío y silencioso da la impresión de estar dentro de la mente, en un espacio donde no hay ruido externo, solo pensamiento, memoria y percepción, para mí la imagen invita a soltar el control, a dejar de medir la vida en minutos y obligaciones y a entender que todo es más flexible de lo que parece, es como un recordatorio de que lo eterno no se rige por relojes y que cuando uno se conecta consigo mismo el tiempo deja de ser una presión y se convierte en algo casi inexistente.
Esta imagen a mí me da otra vibra, como si mostrara que uno a veces se deja aplastar por el tiempo y termina perdiéndose. Esos relojes todos derretidos se ven como cuando la cabeza está llena de cosas y ya no sabes ni en qué día estás, como si la presión te estuviera cayendo encima poquito a poco. No lo siento tan tranquilo, lo siento más como un llamado a despertar, a no dejar que las horas te consuman ni que la rutina te quite la claridad. Ese paisaje seco y solo se parece a cuando uno se desconecta de todo y queda en un silencio raro, no necesariamente en paz, sino pensando demasiado. Para mí, la imagen dice que si uno no aprende a manejar lo que carga por dentro, el tiempo te dobla, te desarma, te vuelve blando, y toca agarrar fuerza, sacudirse y volver a pararse firme.
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