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Mario Hernández: el hombre curtido

Todos pueden llamar a Mario Hernández y él contesta. Su extensión en la empresa Marroquinera S.A., en Bogotá, es la 105. Así lo anuncia él mismo en la grabación del conmutador: “Soy Mario Hernández, mi lema es ‘la vida es una oportunidad’. Si tiene alguna sugerencia o queja se puede comunicar conmigo directamente”.
Mario Hernández está en todo. Casi podría decirse que cada uno de los 150.000 bolsos, las 10.000 chaquetas o los 50.000 zapatos que vende al año en sus 60 tiendas en Colombia, Venezuela, Costa Rica, Panamá, Aruba y Moscú, han pasado por sus manos y sus ojos.

Todos los días entra a su fábrica por la planta, donde ha llegado a tener 600 empleados, sigue por diseño donde dice: “Hagan esto así. Ponga aquí. Eso no me gusta. Hay que achicarlo. Hay que agrandarlo”. Luego llega a su escritorio donde tiene té caliente y agua que él mismo se sirve, porque “en la vida hay que untarse”, dice.
Se identifica con Steve Jobs por su perfección y su terquedad. “Si yo no fuera terco, no tendríamos lo que tenemos. Yo quiero esto así, digo. ¡O vaya y monte su fábrica, papito!”.
Con la misma seguridad define la colección que va a lanzar y que está expuesta en un salón. Define el diseño de las vitrinas donde se va a vender, de la cual tiene una muestra al lado de la colección. Define hasta la comida que prepara en sus clases de cocina todos los jueves. Va de tienda en tienda buscando lo que necesita, como cuando viaja a China una vez al año y escoge lo mejor, porque, dice, “están las calidades”.
Hace de todo, como cuando tuvo la Tienda de la Esquina en Bogotá, en la carrera 15 con calle 98, donde cargaba la harina y se metía a hacer el pan. “Sin pena”, aclara.
Le gustan ciertas marcas inglesas de tradición, no usa ropa que tenga nombres exhibidos. Escoge muy bien los materiales, calza Prada con frecuencia y usa corbata muy pocas veces, solo en los eventos a los cuales considera que le toca ir. Y cada vez asiste a menos porque, dice, de eso no se trata la vida.
Nació en Capitanejo (Santander), llegó a Bogotá hacia 1950, cuando él tenía ocho años. Próximo a cumplir 75, felizmente casado, con tres hijos de dos matrimonios, hace gimnasia tres veces por semana en su casa y sus exámenes médicos están perfectos. Dice que es un loquito porque es el único en América que está sacando una marca como las europeas. Es feliz porque la vida le ha dado todo y porque no le importan las cosas materiales. Lo reconocen mucho en la calle y no le molesta, “porque soy consciente: si puse el nombre, el pendejo soy yo. Para qué me quejo”.
Está el frente de todo en el negocio.
Pues claro, ¿qué hago desocupado?
Sus dos hijos mayores trabajaron aquí. ¿Por qué se fueron?
Porque creo que este negocio no es para ellos. Están mejor criados que yo. Mario es de los Andes, es del colegio ese inglés, el Anglo Colombiano, estuvo en el London School of Economics, tiene un MBA en Columbia, Nueva York, es un tipo corporativo y aquí escogiendo cueros, eso no. Mi hija es ingeniera industrial, habla cinco idiomas, tiene un MBA en producto de lujo en Francia. Mario maneja la holding y está en juntas directivas.
¿Es cierto que cuando usted llegó a París por primera vez dijo que era igual a Capitanejo, Santander, donde nació?
Y sigo pensando lo mismo. El Sena se llama Chicamocha, Notre Dame es la iglesia del pueblo. El entrecot es carne asada y papas fritas. La misma vaina. La vida es igual: gente, edificios y la misma comida preparada diferente.
Dijo una vez que medio pueblo de Capitanejo era medio hermano suyo.
Sí, porque el primer matrimonio de papá fue cuando él tenía 60 años con mamá de 23, entonces, ¿qué quiere?, antes estuvo solo el viejo y no era del otro equipo... Era un viejo de una familia de ancestros santandereanos, un político, un viejo muy querido. Y lo nombraron alcalde liberal de Capitanejo.
¿Fue su mamá la que lo sacó para Bogotá?
Fue ella. Una vieja muy de avanzada, sabes, una vieja verraca, con buenas ideas. Hoy en día la admiro mucho, murió hace cuatro años de 95. Era una vieja echada “pa’lante”. Salimos en parte huyendo de la violencia. En un camión con unos colchones, pues qué más se podía traer, si vivíamos ahí en la plaza del pueblo, con guardas, con todo, querían matar a papá cada rato. Yo tenía siete años. Llegamos a la calle Cuarta con carrera Novena, yo me acuerdo. Papá compró unos camiones, era un viejo muy metelón.
Traía su plata para poder arrancar.
Pues traía poquita, pero compró sus camiones, compró también por allá en la calle 100, donde era Cafam, ahí sembraba papa, y tenía una ladrillera arriba del 20 de Julio, en San Cristóbal.
Era un hombre de negocios también.
¡Ah, sí! Era un hombre superemprendedor. Después vivimos en la ciudad universitaria.
Ahí su papá montó una cigarrería.
Incluso veo la casa todavía. Me acuerdo perfecto de eso. Yo le cajoneaba, le sacaba plata y me iba por la calle 26 a la carrera 13 a comprar pinturas, espichaba latas de cervezas con mis hermanos y hacía carritos y ringletes y supuestamente los vendía.
También compraba cómics y los alquilaba.
Sí. Después nos fuimos a vivir a la calle 21 con carrera Cuarta y Quinta. Papá y mamá se inventaron el sistema de vida americano, los loft de hoy en día, entonces alquilaban piezas para familias y uno vivía en una pieza sala comedor y alcoba, todo ahí. Fui a estudiar al colegio Santiago Pérez, izaba bandera todos los sábados y me hicieron el gran mal de pasarme a cuarto de primaria, entonces nunca entendí trigonometría ni álgebra ni nada, pero lo que sí me aprendí en segundo de primaria, que lástima que hoy en día no exista, es la urbanidad de Carreño, la educación cívica.
¿Eso fue importante para usted?
Es lo único que aprendí. Las tablas de multiplicar, yo me las sé todas. Yo no uso calculadora ni nada.
¿Nunca?
Nunca, y la reunión con mis ejecutivos es sin computadores.
¿Por qué?
Porque la gente no piensa. Yo necesito creativos. No necesito que me den informes y cifras. Eso ya me lo sé. Les estaba diciendo ahora a las jefas de producto que sepan qué se va a usar. La Kodak se quebró por eso. Para seleccionar a los doce de la junta directiva, escogían entre 1.500 personas de Estados Unidos, y tenían la cámara digital y los de la junta dijeron que no, porque no salen y no se untan.
Usted habla mucho de que hay que untarse.
Es que hay que untarse, si uno no se unta, no aprende y no disfruta nada.
¿Y qué es untarse?
Es meterse desde el comienzo.
Su papá se murió cuando usted tenía diez años.
Mamá, una verraca, no sabía hacer nada. Hacía tamales.
Usted salía a venderlos.
Sí, luego vivimos donde queda el Banco de Bogotá, en la calle 14 con carrera 12, una casa inmensa. Era un inquilinato y yo ayudaba. Había una señora que hacía festones, entonces yo iba en mis ratos libres y hacía festones y me pagaba; había otro que hacía soldaditos de plomo, yo le ayudaba. Me acuerdo que trabajé en una cosa de esas que echan el hierro y se pone rojo, aquí en el Samper Mendoza. Una vez subí el precio de los tamales, 5 o 10 centavos, porque había subido todo, y lo que yo quería era comprarme un estilógrafo Esterbrook.
¿Y lo compró?
Pues claro que me lo compré. Y llegó a uno de esos inquilinatos, en la calle 25 donde murió papá, una señora, Emma Suárez, de Zipaquirá, chusca la vieja, vaciada también, aprendió manicure, estirada ella, muy bonita, y me consiguió puesto en Hermega, una fábrica de vestidos en la carrera 9 # 15-21, y ahí entré de mensajero a los catorce años.
Había dejado de estudiar.
Ahí volví a estudiar nocturno, pero cuando tenía 15 o 16 años me conseguí una noviecita en el café de enseguida, los cafés de esa época eran veinte mujeres divinas, con pollera y todo, y me conseguí la más linda, una de ojos verdes, de 19 años, divina la vieja, y yo descubriendo el mundo. Entonces me fui a vivir con la vieja. Dormía con ella de día, nos bañábamos en el lavadero en un inquilinato de esos y la llevaba por la noche al café y yo iba a jugar billar. Duré como dos años jugando billar.
¿Y de dónde sacaba la plata?
Jugando billar, apostando. Un día salí del inquilinato y dije no vuelvo, voy a terminar de garitero de café. Yo lloraba por la vieja. No volví. Pedí puesto otra vez. Fui donde unos distribuidores de Hermega, fui vendedor y trabajé hasta los 21 años. A los hijos de Hermega los ayudé, a la viuda también. Mire cómo es la vida. Ella me prestó plata cuando monté la Tienda de la Esquina en la 15 con 98.
¿Y cómo fue la historia de Cuerolandia y Marroquinera?
A los 21 años renuncié, ya no vivíamos en inquilinato, vivíamos en la avenida 22 # 18- 62, en el barrio Santa Fe, en un apartamento de tres alcobas y todo. Le propuse al jefe de arrendamientos de Soto Pombo, donde tomé el apartamento, que montáramos una oficina de finca raíz, Hernández y Mayorga. Los muebles los compramos en Camacho Roldán. Cuando tú entras aquí ves mi primer escritorio. Fiado. Tuve mi oficina de finca raíz con 50 empleados, pero nunca me gustó el negocio, me parecía aburridísimo. Cobran todo. Yo no soy capaz, yo a mucha gente le pagué el arriendo. Vivir con el hambre de los demás, no soy capaz de eso.
¿Y después?
Seguí con mi oficina de finca raíz, nos fuimos a la Soledad, un apartamento al lado del teatro Almirante. Un vecino me dijo. “Estoy enfermo, me voy a Cúcuta”, y había montado un almacén de solo cuero en la calle 19 # 4-90. Yo le dije que no tenía plata. Me dijo: “Yo a usted se lo fío”. Y le dije a mi hermano, vaya, mire ese almacén, recíbalo y usted va en la mitad de ahora en adelante. Yo no conocía el almacén, lo compre así y a los seis meses ya lo habíamos pagado y a los dos años teníamos ocho tiendas de Cuerolandia.
¿Por qué Cuerolandia?
Porque le iba a poner La Esquina del Cuero o La Tienda del Cuero, una cosa de esas, pero yo me había ido para Estados Unidos a unas vacaciones a Miami y ya había otra tienda con un nombre parecido, entonces le puse Cuerolandia para usar las mismas letras. Ya tenía el aviso. Y al frente monté La Esquina del cuero. La gente me decía por qué dos tiendas de lo mismo, y yo decía: “Porque si no me compran en un lado, me compran en el otro”. Pero ya cuando vi los locales dije: “El producto que consigo no me gusta. Tengo que tener una fábrica para hacer lo que yo quiero hacer”. Había esta fábrica en Cali que se llamaba Marroquinera, entonces le compré el 40 % y le pagué por la fábrica con la condición que se viniera para Bogotá, como si costara dos millones y medio de pesos, había diez máquinas que no costaban más de 500.000 pesos. Yo siempre le he pagado a la gente más. No al caído caerle, no me gusta.
Tuvo una tienda en Nueva York.
En el año 92 abrí un almacén en Nueva York y yo creí que Colombia era, la ignorancia, el país más verraco del mundo. Llevé matas de café, todo era color café y negro, yo no sabía que había estaciones, me cogió la época de la bolsa; sin embargo, estuve como cuatro años.
¿No ganó plata?
No, perdí. Pero fue la mejor inversión. Ese fue mi MBA. Volví a Colombia con que el nombre Marroquinera no se pronunciaba. Un amigo me recomendó una firma de España, llegué a Madrid y Carlos Carrión, un hombre grandote, que fue vicepresidente de mercadeo de Telefónica, me dio una clase de mercadeo por todo Madrid, qué es una marca, cómo se maneja y me dijo: “Usted maneja una marca de lujo y eso lleva el nombre del fundador”. Llegué a Colombia, dije bajen los avisos de Marroquinera y Cuerolandia y pongamos Mario Hernández. Eso fue en 1995. Nadie me quería volver a comprar.
Vivió en Boca Ratón, Estados Unidos. ¿Se fue por seguridad?
Me fui por un año y me quedé nueve. Nunca me han amenazado, nunca me ha pasado nada, siempre he sido muy prevenido, no dar papaya, no ando faroleando ni mostrando cosas. No quitarle nada a la gente, sino más bien darle. No hablar mal de la gente. Es que esa es la vida.
Ha dicho que el hambre ha sido…
El hambre es muy importante. Si no hay hambre, no valoran. Precisamente fuimos a Boyacá, en Villa de Leyva y me pareció una verraquera. De ahí nos fuimos a Tibasosa a un hotel boutique, impresionante. También fui a Nobsa, donde compré unas ruanas que las voy a vender en el almacén del aeropuerto, y unas cobijas, porque quiero vender lo nuestro. Yo las escogí. ¡Ah, no!, porque yo miro todo. Y luego vinimos a Paipa. Yo nunca había estado ahí, sí había estado en Hungría en los baños turcos, que son repletos, en cambio aquí todo es espectacular: la comida, el servicio, todo lo que tenemos y no lo valoramos.
Usted no habla inglés. ¿Quién le ayuda en los negocios cuando viaja?
Yo miro y con el dedo, y para eso hay intérpretes. Uno con el dedo así, así hacen los chinos y así hacía Marco Polo y así hacía todo el mundo, eso no es problema. Abrí un almacén en Boca Ratón de Mario Hernández, eso fue una experiencia buenísima. Un local entre Saks y Tiffany, hecho. Pero resulta que la gente no pasaba por ahí. Entraban los clientes de Saks por fuera, porque todos llegaban en valet parking. Y sin embargo hice una tarea buenísima y entonces Julio Sánchez y todos acá, todos los que se descrestan, between Sacks and Tifanny, la publicidad fue buenísima. Eso fue el otro MBA que hice. Pero se venció el contrato de arrendamiento del local. Y como yo no tengo estrella sino satélite, empezó a caer Estados Unidos en el 2008 y aproveché y me vine para Colombia. Y mire cómo es la vida. Le da a mi señora un melanoma múltiple, tuvieron que hacerle un trasplante de médula y todo, y aquí en Colombia me la han atendido impresionante, problemas no hay, mi Dios te da las soluciones. Uno tiene que agradecer que uno nace empeloto y se va empeloto. Y tú recoges lo que siembras.
¿Y usted qué ha sembrado?
Creo que he sembrado familia, creo que he sembrado ejemplo, creo que he generado empleo, creo que he pagado impuestos, he aportado a la comunidad. Fui presidente del gremio casi veinte años.
Ha sido miembro de muchas juntas directivas.
Sí, he ayudado en todo. Yo estaba en Artesanías de Colombia y me retiré ahoritica. Para irme a sentar yo con la primera dama y con la ministra… Si no hay ejecución, si no hay resultados, uno no puede prestar su nombre para eso. Que es lo que pasa en Reficar y con todos estos importantes, que se vanaglorian porque están en juntas. Dónde están los resultados.
¿Y se ha retirado de muchas?
Ujm.
¿De cuáles por ejemplo?
Con unos amigos traje Bally de Suiza, tres fábricas en Cali, era de que fuéramos los número uno en Colombia, pero ellos de otra mentalidad. Entonces les vendí a lo que me quisieran pagar y chao. Yo hice Bally aquí en la oficina, accesorios, estoy criado por Bally, duré 12 años yendo a Bally. Mire cómo es la vida, cuando mi hija María Fernanda estaba por ahí en cuarto o tercero de primaria, le dije: “Si no te tiras ningún año, te mando a Suiza a un colegio”. Yo ni sabía dónde quedaba Suiza ni nada. Cuando María Fernanda terminó a los 18, yo estaba con Bally y el vicepresidente de Bally me buscó el colegio para María Fernanda.
¿Viaja en primera clase?
En ejecutiva. En primera he viajado solo tres veces. Aquí los aviones de primera clase no llegan. Sino que los pantalleros colombianos dicen que es primera. Eso no es primera. En primera viajaba cuando compraba tiquetes en Venezuela. Son solo ocho, diez sillas en primera fila, sale el comandante, te saluda, te atienden como un príncipe, lo empelotan a uno, le ponen piyama, todas esas jodas. Pero eso porque los tiquetes eran baratos, si no, no. Clase ejecutiva para mí es suficiente. Y si son más de seis horas. Si no, no.
Va mucho a China.
No, una vez al año, me quedo un mes. Porque yo fui en el año noventa y pico a vender a China cuando era presidente del gremio, éramos seis, llegamos a Hong Kong y dije: “Esto no es para vender, esto es para comprar”. Las maletas que hacíamos aquí eran sin el carrito. Los chinos cogieron el carrito y se lo pegaron a las maletas. Yo fui el primero que empezó así. Y había una niña en frente del estand, y le dije: “Usted algún día va a trabajar conmigo”. Lleva casi veinte años conmigo trabajando. Es mi persona en Hong Kong. Me consigue todo.
¿Qué más compra en Hong Kong?
Sedas. Hago equipaje allá, hago en otros materiales que no es cuero, nailon, las lonas para las maletas, el equipaje lo hago allá, lo traigo con mi marca, allá trabajamos, están mis compradoras, allá llegamos, hacemos diseños, escogemos, aplicamos nuestra identidad.
Lo han falsificado. Usted se puso una vez muy contento ¿por qué es eso?
Eso me parece buenísimo, porque no copian a los malos.
Trae cuero de Italia, exclusivo para usted.
Sí, y tengo una niña que trabajó con Louis Vuitton, que trabaja con las curtiembres desde el desarrollo de la materia prima. Yo soy el único loco en América que está tratando de construir una marca como las europeas. Porque esto es de locos, toda la materia prima hay que desarrollarla en el mundo, porque aquí no hay, mano de obra no hay.
¿Ya cerró las tiendas en Venezuela?
¡No! Si eso es negocio. Tengo 16 tiendas, tengo que ver para qué sirven. Llevo producto barato, lo que la gente puede comprar. Y no las cierro y espero a ver qué pasa, y es un negocio buenísimo. Es que mi Dios nos dio todo, nosotros no pensamos. Hay 30 millones de venezolanos, mejor preparados que los colombianos, con gusto, consumidores, pantalleros, de todo, y la marca nuestra allá es espectacular, entonces por qué voy a cerrar. Mire a ver qué quiere el negro. ¿Cuánto pesa una vaca? Quinientos kilos. ¿Cuánto pesa el lomo? Cinco kilos. Y toda la vaca se come.
Alguna vez comentó que su hijo, a diferencia suya, lo ha tenido todo.
Ahora que estuvimos en Boyacá, él pidió un plato de entrada grande y otro grande de segundo plato y dejó más de la mitad, estaba botando la plata, y eso no debe ser así, entonces le dije: “Mira, cuando nosotros no teníamos, teníamos que comernos todo”. Es que no había más. Y ayer compró unas hamburguesas y dejó las papas fritas. 3.700 pesos. “Joven, estás botando 3.700 pesos”. Le di 3.000 y piquito a la señora que cuidó el carro, si en vez de 3.500, le doy 7.000 a la viejita, no es para yo coger la plata, le alcanza más, con eso comen un día. No boten la plata, ayuden a la gente. Yo soy incapaz de ir a comprarme un carro supercostoso, con eso le regalo casas a la gente.
¿Cómo es lo de las casas de sus empleados?
Hice un convenio con Colsubsidio hace como seis o siete años. Ellos les sacan el subsidio del Gobierno y les doy una parte también y ellos ponen otra parte. Entonces quedan con una hipoteca de 100.000 o 150.000 pesos mensuales. El 60 % de mi gente ya lo tiene, personas que llevan más de cinco años conmigo, todos tienen su casa.
¿Y lo de los mercados?
Les damos treinta huevos, un kilo de lenteja, un kilo de garbanzo, un kilo de fríjol, arroz, papel higiénico. Yo no tenía papel higiénico, me tocaba con las hojas… Entonces enseñarle a la gente, mejorarle la calidad de vida a la gente.
¿Cómo son las becas?
Hace diez años nos inventamos el premio Mario Hernández. Colombia no puede competir con cantidad ni con producto barato. ¿Cómo podemos competir? Con diferenciación, pero necesitamos que se prepare la universidad y el diseño, entonces creamos la beca Mario Hernández, que es una beca de verano en un instituto de diseño europeo. Yo espero que en cien años sea como el premio Nobel. Las becas las pagamos todas. Y damos un puesto de práctica de seis meses.
Ahora tiene diseñadores franceses.
Pero los quiero cambiar, no tienen la sensibilidad nuestra. Todo pasa por mis manos, materiales y todo, y ha sido una pelea con los franceses que querían quitarme las mariposas, que son el ícono.
¿A quién se le ocurrieron las mariposas?
A mí, me gusta la vida de las mariposas. Cuando las traje, me dijeron: “¡Uy!, pero es que no nos gusta”. Y les dije: “¿Ustedes me van a comprar toda la producción? No, entonces no jodan, háganlo”.
¿Dónde aprendió a jugar golf?
Me “balotearon” en varios clubes. En los Arrayanes un tipo con el que yo había tenido una pelea, Álvaro Pachón. Entonces con unos amigos montamos el Club Campestre de la Sabana, soy uno de los fundadores. Hoy en día en todos los clubes me reciben, en el Country, en todos, dondequiera que vaya.
¿Y es socio de otro?
Ahorita me hice socio del Carmel. Soy socio en Peñalisa. Empecé en La Sabana, tenía profesor de golf, nunca he aprendido, ahí juego.
Se ha ganado varios reconocimientos.
Muchos, todo eso (y señala las paredes de su oficina llenas de papeles enmarcados).
¿No le gusta? ¿Por qué lo dice así?
Porque eso no es. Uno no vive de eso. Uno tiene que ser auténtico, es importante saber que uno ha servido para algo, que ha prestado una función, uno tiene que aportar algo, mejorar su gente, su país.
Sigue en finca raíz. Tiene negocios.
¡Ah, claro!, antes administraba, ahora son míos. Esa es la diferencia. Cuando hicimos Hayuelos metimos tanta gente que quedé con el 12-13 %. Hayuelos es una empresa muy grande hoy en día.
¿Qué tiene en Chía?
Esa es otra sociedad. Ahí vamos a hacer un hotel Holliday Inn de 200 habitaciones y un centro de convenciones.
Habla mucho de Dios. ¿Va a misa y reza?
A veces rezo, voy poquito a misa. Ahoritica estuvimos en Bucaramanga y vi el Santísimo, eso es mejor que la torre Eiffel, mejor que la estatua de la Libertad, a la gente le da risa cuando digo eso, en la torre Eiffiel no tienen donde ir al baño. Tú subes al Santísimo, tienes el teleférico, puedes subir en carro o puedes subir a pie, tienes unas cafeterías buenísimas, tiene unos baños buenísimos y presentan shows. Y me averigüé quién era el artista y le acabo de comprar la única copia que hay del Santísimo, lo voy a poner en mi casa en Yerbabuena y voy a ponerle un letrero en agradecimiento a mis papás, a mi familia, a mis hijos, a mis amigos y a mi país, y el día que me muera, si no lo quieren tener mis herederos, que me lo donen a un museo. Pieza bonita.
Admira a Bolívar.
También a este papa, el discurso del pisco me gusta, y yo pienso así, yo no soy esclavo de las cosas. La misma soledad sientes en un apartamento de 300 metros que de 30 metros, es lo más cierto. No compres cosas que no necesitas, porque vas a tener que vender las que necesitas para pagar las que no necesitas, y la gente es feliz así, afortunadamente, o si no, a quién le vendo.
¿Cuál ha sido su mayor riesgo?
Pues como yo salí de la nada…
¿Por qué cree que tiene éxito?
¿Yo? Yo no creo que tenga éxito, estoy trabajando.

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